La Cazadora

Este relato lo escribí para el concurso del blog El rincón de los relatos, llevado por Laura, autora del blog La Caja de Pandora, el cual recomiendo que visitéis, tiene cosas muy interesantes ^^
No gané, pero no pasa nada. El relato ganador está muy bien, y está escrito por Isuky, que lleva el blog de Yo leo... Fantástika. Puedes leer su relato aquí.
Y ahora os dejo el mío. Si queréis leerlo desde el blog, pinchad aquí.

La Cazadora se quedó quieta mientras intentaba escuchar el sonido del bosque. Avanzó unos pasos lentamente. Encorvada, sacó una flecha de su carcaj y la puso en el arco.

Oyó un ruido.

Se enderezó para tener un campo de visión mayor.

Nada.

Se encogió y siguió andando, despacio, camuflándose con el bosque, con el ruido de los árboles al soplar el viento.

Otro ruido, más cercano.

Tensó el arco, su objetivo andada por los alrededores, silencioso cuando le convenía.

Se movió un arbusto.

Ahí estaba. Avanzó lentamente, muy lentamente. No respiraba. Un paso en falso y todo esfuerzo se habría esfumado.

Un grito.

Dos pasos, dos eran los que les separaba de su presa.

Otro grito más.

Un paso. Tensó el arco más. Estaba preparada.

Algo se movió a su izquierda. La Cazadora miró hacia ese lado. Error.

Gran error.

A la mañana siguiente, un reguero de sangre apareció en mitad del bosque. Un carcaj, al lado. La flecha, en su presa.

La Cazadora.

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Días de verano

Es un song-fic de Harry Potter que escribí hace unos años. La canción que acompaña a la historia es Días de verano, de Amaral.

Todos los personajes son de J. K. Rowling.

Era un día de verano, el 31 de agosto para ser más exactos, y Harry Potter se encontraba en La Madriguera. La boda de Bill y Fleur ya había pasado. Al día siguiente iría a Hogwarts… si, al final decidió ir por un motivo, por Ginny, tenía que hablar con ella, tenía y quería hacerlo, pero ella le ignoraba, y es más, cuando supo que iba a ir, les dijo a sus padres que no quería ir, que la cambiaran de colegio… y eso hicieron. Ya solo quedaba un día para poder hablar con ella…

No quedan días de verano para pedirte perdón
para borrar del pasado el daño que te hice yo


Ella todavía estaba muy dolida cuando Harry cortó con ella, sabía que era lo mejor, pero le hizo mucho daño, le quería… Fue una despedida triste, fue en el funeral de Dumbledore, los dos tenían ese recuerdo en mente todos los días…

Sin besos de despedida y sin palabras bonitas
porque te miro a los ojos y no me sale la voz


Pero Harry se repetía una y otra vez eso era lo mejor, porque si Voldemort la utiliza, no lo iba a poder soportar… Que injusto es esta situación…

Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz
de esa mirada tuya


Solo queda un dia, un dia, tengo que hablar con ella, pero… ¿Seré capaz? Pensaba Harry una y otra vez vaya, empieza a llover, me voy a meter en casa

No quedan días de verano, el viento se los llevó
un cielo de nubes negras cubría el último adiós
fue sentir de repente tu ausencia como un eclipse de sol
¿por qué no vas a mi vera?


Al entrar vio a Ginny tumbada en el sofá, los dos se quedaron mirándose fijamente…

Si pienso en ti siento que esta vida no es justa
Si pienso en ti y en la luz de esa mirada tuya
esa mirada tuya…


Entonces Ginny se fue corriendo, Harry la intentó seguir pero no pudo, ella le acaba de lanzar un hechizo. No quería saber nada de él…

-¡Adiós Ginny, adiós…! -decía Harry gritando-. ¡Te quiero!

Al día siguiente en el expreso de Hogwarts, acompañado de Ron y Hermione, hablaban de Ginny. Decían que en esos días de verano, Harry había cambiado mucho… y que razón tenían…

Desde esos días de verano
vivo en el reino de soledad
nunca vas a saber como me siento
nadie va a adivinar como te recuerdo


-Claro que he cambiado, Ginny no quiere saber nada mas de mí… debe de odiarme -decía Harry apenado.

-No, no te odio -dijo alguien entrando en el vagón, era… Ginny. Harry se levantó y fue a abrazarla.

-Lo siento Ginny, de verdad…

-Harry, he sido una cabezota, perdóname…

-No, perdóname tu a mí, te quiero, solo que no quiero que vivas una vida… injusta.

-Solo será injusta si me quitan de tu lado, tu vida si que ha sido injusta, pero yo voy a hacer que eso cambie, te quiero Harry…

Y se besaron

Si pienso en ti y siento que esta vida no es justa
si pienso en ti...
esa mirada tuya
esa mirada tuya

No quedan días de verano
No quedan días de verano
No quedan días de verano
No quedan días de verano

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Mi mejor navidad

Hacía bastante que no actualizaba, pero es por el hecho que, de momento, no me hacía colgar más relatos... hasta hoy. Llevo unos días pensando si subía unos fan fics que hice de Harry Potter o no, y hoy he decidido colgar uno. Participé con él en el concurso de relatos navideños que organizaron en Potterfics en el cual... no gané. Pero no pasa nada, ¡lo importante es participar!

Podéis leerlo aquí, o a continuación, como querais ^_^

Dejar claro que los personajes son todos propiedad de J.K Rowling.

Querida Petunia:¿Qué tal las Navidades? Para mí estas fiestas serán una de las mejores de mi vida como podrás adivinar. Aunque es una pena que te hayas ido de vacaciones con tu marido y tu hijo, me hubiera gustado pasar esta noche con vosotros.Mamá y papá me llamaron hace dos días y me dijeron que les gustaba mucho España, allí no hace tanto frío como aquí.Espero que tengas una buena cena y que no te de mucha guerra Dudley. De momento Harry come bien, pero no nos deja dormir por la noche.Espero verte pronto.
Besos.

Lily Potter.
PD: espero que te gusten los regalos, están en el otro paquete. Y tranquila, los compré en el centro de Londres el otro día.
PD2: llámame cuando recibas la carta.
Dejé la pluma encima de la mesa y cogí la hoja para leerla.
No tenía esperanza de que me llamara, y mucho menos que leyera la carta. La doble y la metí en el sobre mientras la luz de la lámpara se reflejaba en mi vaso de agua. Me levanté y me acerqué a la lechuza. Até la carta a su pata, junto con el paquete de los regalos. Ella se posó en mi hombro y las dos nos fuimos al porche.
-Acuérdate, Helly, deja la carta cerca de la casita pero que no te vean -cogí aire-. Y haz un poco de ruido para que salgan.

Ululó para contestar que me había entendido y echó a volar. Me la quedé mirando mientras desaparecía tras las nubes que tapaban la luna.
-Menos mal que no hay luna llena -dije en voz alta. Acto seguido, miré mi reloj-. Llegarán en 10 minutos -me giré y entré en mi casa.
La chimenea estaba encendida y daba calor a mi hogar. Encima de ella había tres calcetines de Papá Noel con las iniciales J, H y L.
Sonreí.
Me acerqué hasta poder tocar el calcetín de H, o mejor dicho de mi pequeño…

-¡Harry! ¿Por qué me haces esto? -oí a alguien protestar-. ¿Quieres que Canuto me vea hacer el ridículo?

Me giré y vi a mi marido vestido con un traje negro propio de estas fechas. Llevaba a nuestro hijo en brazos.

-Le tengo que volver a cambiar el pañal -me dijo cerrando los ojos.
-Ven, dámelo -se acercó mientras yo estiraba los brazos-. Ya le cambio yo.
-De ninguna manera, ¿con ese traje verde botella de tirantes que te has puesto? Me niego a que se manché -me dio un beso-. A ver si le cambio antes de que lleguen.
Sonó el timbro.
-Demasiado tarde -le contesté sonriendo.
James desapareció tras la puerta. Mientras me acercaba a la entrada pensé como habían cambiado nuestras vidas en estos años. Jamás imaginé casarme con él, y menos tener un hijo suyo.
-¡Sirius! ¡Remus! ¡Feliz Navidad! -exclamé cuando abrí la puerta. Delante de mí se encontraban dos de los mejores amigos de James.
-Lily, todavía no es Navidad -me contestó Sirius. Al igual que James, llevaba un traje negro, pero sin corbata.
-Veo que no has perdido tu sentido del humor, Black.
-Ya sabes como es Sirius, Lily- me contestó el antiguo prefecto de Gryffindor, Remus Lupin-, nunca cambiará.
-¡Qué razón tienes!
-¿Podéis para de hablar de mí como si no estuviera? -contestó Sirius.
Entraron por la puerta mientras me daban un abrazo cada uno. Vi que Sirius guardaba algo detrás de las cortinas, seguro que el regalo de Navidad de Harry.
-¿Dónde está mi ahijado?
-Dándole guerra a James.
-¡Fantástico! -Chasqueó los dedos-. Voy a verle.
Mientras subía las escaleras hacia la habitación de Harry, Remus y yo nos sentamos en el sofá.
-Peter no va a poder venir, me llamó para que te lo dijera - Remus también llevaba traje pero esta vez era gris y con corbata. No quería resaltar la extrema palidez que le acompañaba estos días.
-No pasa nada, ya le llamaré para desearle Feliz Navidad.
-Ya sabes como es él- se estiró en el sofá-, no es muy dado a este tipo de cosas.
-Así comeremos más.
Los dos nos reímos.
-No sé yo, estando aquí Sirius, acabará con toda la despensa.
-Espero que no tengas razón.
En ese momento James entró por la puerta del salón, enfadado.
-Tu hijo -me dijo, señalándome-, ha vuelto a dejarme en ridículo.
-No creo que sea para tanto, cariño.
-Ah, ¿no?
Se dio la vuelta. Tras él aparecieron Sirius y Harry, riendo.
-Este niño cada día me cae mejor.
-Pues te recuerdo, Canuto, que ese niño es mi hijo -dijo recalcando las últimas palabras.
-Lily -me dijo Sirius, serio- ¿Cuándo le vas a decir a James nuestra pequeña aventura?
Mientras Remus, Harry y yo nos echabamos a reír, James empezó a correr detrás de Sirius.
Éste, antes de huir, dejo a Harry en el sofá.
-¡Ven aquí! -Gritó mi marido- ¡Esta te la guardo!
-Era una broma, Cornamenta.
Se giraron a mirarnos. Nuestras carcajadas les recordaron que estábamos aquí.
-¿Os parece gracioso?
-Vosotros si que sois graciosos. ¡Vaya panda crios! -exclamó Remus.
-Venga Lunático, regáñanos como en el colegio -le retó Sirius.
-No- suspiró-. Vamos a cenar.
-Sí, que ya es hora -contesté.
Los cinco nos acercamos a la mesa. La cena ya estaba puesta y caliente. Cosas de la magia.
La cena transcurrió con tranquilidad. Reímos recordando viejos recuerdos mientras veíamos a Harry como intentaba hacer magia con una varita de regaliz totalmente inofensiva.
Ya pasada la noche, todos nos encontrábamos en el salón, charlando.
-Creo que me voy a ir ya -dijo Remus mientras se levantaba.
-Te acompaño hasta la puerta, Lunático -contestó James.
Mientras los dos se iban y Remus murmuraba un "Feliz Navidad", me quedé a solas con Harry y Sirius, ambos durmiendo con la boca abierta en el sofá.
-Elegimos a un buen padrino -dije mientras James volvía al salón
-No sé yo, tengo la sensación de que me robará a Harry.
-¡Qué tonto eres! Sirius nunca nos haría eso.
-Lo sé- se sentó en un sillón haciéndome guiños para que me acercara a él. Me senté sobre sus rodillas-. Aunque no me importaría que se quedara con él esta noche -me besó. Le devolví el beso mientras acariciaba su espalda. ¡Y pensar que durante muchos años le había odiado!
-Si queréis nos vamos -dijo una voz.
Sirius se acababa de despertar y nos miraba con su típica sonrisa picara.
-Quédate a dormir si quieres Canuto -contestó James-, en la habitación de Harry hay una cama.
-Eso haré -se estiró-. Pero me llevaré a Harry conmigo, no quiero que me lo malcriéis.
Se levantó con él en brazos y se acercó. Me dio un beso en la mejilla y palmeó la espalda de James.
-Pasad buena noche -guiñó un ojo-. Y Feliz Navidad.
-Feliz Navidad -contestamos a la vez.
Subió las escaleras despacio para que mi hijo no se despertara y entraron en su habitación, cerrando la puerta.
-Espero poder celebrar más navidades así, en paz y armonía, todos juntos -me miró- aunque espero que en la próxima este Peter.
-Ya veras las maravillosas navidades que tendremos James -le abracé-, y junto con Harry, serán aún mejor.
-Eso espero Lily -me volvió a besar- eso espero.

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La huida (parte II)

Elea se despertó de golpe de la cama, cogiéndose las rodillas.Se llevó una mano al pelo, pensativa. Ese sueño se repetía una y otra vez desde que tenía 16 años, y ahora tenía 26. Posó sus pies sobre el frío suelo y echó andar hacia la ventana.La luna se asomaba entre árboles, haciendo que sus reflejos le dieran en la cara. Cerró los ojos, y suspiró. ¿Cuándo pararía esa pesadilla? Apoyó las manos sobre la mesa de madera que había debajo de la ventana. Dibujó, con el dedo, un círculo, mientras paseaba la mirada por la habitación.Volvió hacia la cama, todavía podía seguir durmiendo. Metió primero un pie entre las sábanas mientras que el otro tocaba el suelo. Justo cuando ya iba hacer lo mismo con el otro pie, rozó algo más frío. En un principio pensó que era imaginaciones suyas y se envolvió con la manta. Pero, en cuestión de segundos, se asomó desde la cama. Ahí, en el suelo, había una piedra totalmente ensangrentada. Y a su lado, unos zapatos.Sus zapatos.

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La huida (parte I)

Bajó las escaleras de dos en dos lo más rápido que pudo. Miró hacia atrás, nada. La oscuridad se cernía sobre la escalera de la torre. Sin tiempo para pensar, Elea siguió bajando, no tenía tiempo, había que salir de allí cuanto antes. Sus pies doloridos reflejaban todo el camino que llevaba corriendo. Se paró al llegar a un tramo y se quitó los zapatos. Oyó un grito. Los tiró por la ventana y siguió bajando, parecía que esa torre era interminable, pero no importaba, tenía que salir, podía conseguirlo. Ya cuando le parecía ver algo de luz por la rendija de la puerta algo la atacó por detrás, haciéndole rodar. Sin perder la conciencia, se arrastró hasta la puerta, solo necesitaba un empujón y ya estaría a salvo. Ya casi podía sentir la madera bajo la yema de sus dedos. Solo un poquito más… De repente, se oyó un golpe seco y Elea cayó, inconsciente, al frío suelo.

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La verdad, la pura realidad (El Ángel II).

Aclaración: este relato cuenta la historia antes y después del principio y fin de la guerra :)

La vida podía seguir siendo maravillosa si no hubiera cambiado nada.

Todavía tenía la sensación de sentirle aquí, a mi lado...

*** cinco años antes ***

—La llevaría hasta el fin del mundo si ese lugar existiera —me dijo Mosón por enésima vez.

El chico era el heredero al trono del país vecino. Vestía uno de sus mejores trajes de paseo de color azul oscuro que hacían juego con sus ojos, pero éstos de azul cielo. Los rayos del Sol robaban de su pelo castaño radiantes reflejos que me encantaba observar. Paseábamos por los jardines de su gran palacio. Su mano, que un minuto antes se encontraba en unos de sus bolsillos, se hallaba ahora entrelazada con la mía. Se la llevó a los labios.

—Cásate conmigo, Lena.

La aparté enseguida.

—Ya es la quinta vez que me lo pides, Mosón –le miré—, no seas cansino. ¡Y no me trates de
usted! —rió—. Hace mucho tiempo que nos conocemos.

—Y desde el primer momento en que te vi, me enamoraste – terminó de decir eso y me besó.

No me gustaba que hiciera ese tipo de cosas, pero me había pillado desprevenida. Intenté apartarme de él, pero mi corazón no quería, así que le correspondí.

—Mosón para, por favor –le dije en cuanto paramos para coger aire—. Nos podrían ver.

Se apartó de mí, mascullando entre dientes algo que sonaba como “y que más da”.

—Sabes que llevo razón –le contesté.

Mosón echó a andar hasta la fuente que había en el jardín. Se asomó para poder ver su reflejo y se apartó un mechón de pelo que le cubría los ojos. Se giró hacia mí.

—Ven –dijo en un susurro.

Me acerqué a él dejando que el Sol calentara mis mejillas. Cuando llegué a su altura, me invitó a sentarme en el borde de la fuente. Yo llevaba un vestido verde claro, propio de una princesa, lo cual era. En cuanto lo hice, él me imitó.

—Lena, te amo.

—Eso ya lo sé.

—Sé que somos jóvenes todavía, tú tienes 15 años y yo en unos días cumpliré los 18. Pero aun así… –me cogió otra vez de la mano-. Lena, no me importa lo que diga mi padre, yo te quiero por como eres –me miró a los ojos-. No me importa el reino, ni las tierras, ni el oro. No quiero nada de eso, solo te quiero a ti.

— ¡Oh, Mosón! –sus palabras me habían emocionado. Me iba a arrojar a sus brazos cuando oí una voz.

— ¡Lena! –era mi padre, el rey Eros-. ¡Ah, aquí estás! –se paró a escasos metros de nosotros-. O mejor dicho, aquí estáis —acababa de reparar en mi acompañante—. Buenas tardes, príncipe Mosón.

-Buenas tardes, rey Eros –se levantó, le apretó la mano e hizo una reverencia-. ¿Ya ha hablado con mi padre?

—Sí, acabamos de terminar la reunión –me miró-. Creo que hemos ganado un amigo.

Le sonreí. Nuestros reinos estaban enfrentados a raíz de mi negación a casarme con Mosón. No dudaba del amor del joven príncipe hacia mí, dudaba de las intenciones del que podría ser mi futuro suegro, el rey Set.

—Debemos irnos, Lena.

—De acuerdo –le contesté. Me giré hacia el príncipe-. Espero volver a verle pronto, príncipe Mosón –hice una reverencia-. Me pensaré su invitación

—Espero que sea positiva –me cogió la mano y la besó. Hizo una reverencia dirigida a mi padre y se quedó en el jardín, viéndonos marchar.

Mi padre y yo nos adentramos dentro de los caminos de castillo de rey. Las paredes nos proporcionaban sombra, pero también temor.

—Hija, ¿amas al joven príncipe de Tohr? –rompió el hielo mi padre.

—Yo –no supe que decirle-. Pues… - me miró- Sí, padre. Lo amo –agaché la cabeza, no quería que me viera llorar.

—Entonces, ¿por qué le rechazas una y otra vez?

—Pues… -¿le decía lo que creía, lo que el rey Set podría planear?-. No me gusta su padre.

—Pero con él no te vas a casar.

—Sus ambiciones son demasiado… –no sabía definirlo-, no me gustan padre, es un hombre en el cual no deberías confiar.

—Tranquila hija –me pasó el brazo por los hombros—. Con esta reunión hemos ganado un amigo.

Yo no pensaba eso, y mucho menos cuando una flecha pasó a escasos centímetros de nuestras cabezas y se estrelló contra la pared.

— ¡Guardias! –chilló mi padre.

Nuestros soldados llegaron corriendo a nosotros y nos escoltaron hasta abandonar el castillo. El último recuerdo que tengo de aquel suceso fue a Mosón con un arco en las manos, mirándome.

*********

Habían pasado cinco años de eso y todavía sentía dolor. Mosón nos había intentado asesinar, mi querido príncipe, mi amado joven.

Pero ahora todo había terminado. La guerra había llegado a su fin y nadie la había ganado. Su padre asesinó al mío hace unos años, y hacía un rato el general Anmar me había clavado su espada y me había arrojado por el precipicio, pero para sorpresa de todos, había sobrevivido…

Claro que si mi difunta madre era un ángel, yo también lo era… Así que yo, solita, tras convertirme en un ángel mientras caía por el precipicio, con mi poder, había acabado con el ejército enemigo, pero no con él, no con…

— ¡Lena! –chilló Mosón, su voz era inconfundible-. ¡Por favor Lena, no me abandones! ¡No te vayas! –había seguido mi rastro—. Vuelve conmigo ahora que todo ha acabado —no le miré—. ¡Lena por favor!

—Tu padre mató al mío... —arrastré las palabras.

—Lo sé Lena, te intenté avisar pero no me dejaban verte –le di la espalada—. Y aún no sé por qué…

— ¿¡Qué no lo sabes, qué no lo sabes!? —le miré a los ojos, él retrocedió—. ¡Intentaste matarnos, a mí y a mi padre!

— ¡Eso es mentira!

— ¿Cómo te atreves? –me encaré a él—. Sabes que es verdad, la flecha que salió disparada hacia nosotros… ¡Tú tenías el arco cuando te vi!

—Pero, pero… –no articulaba palabra—. Lena, ¿como pudiste pensar eso? Lena, mi vida, acababa de ver al hijo de Anmar apuntando en vuestra dirección y le empujé para que no os diera –le miré—. Sabes que él tiene muy buena puntería, y eso jamás lo hubiera fallado.

Me quedé sin habla. En eso tenía razón, y además había oído rumores de la “traición” del hijo de Anmar, pero jamás imaginé…

— ¿Y cómo se que eso es verdad? –le espeté.

Se acercó a mí lentamente. Cuando nuestras cabezas se encontraron, se dio la vuelta y empezó a arremangarse la camisa.

Miré su espalda, perpleja. Tenía cicatrices por toda ella, pero una destacaba por encima de las demás, era una gruesa línea diagonal que le cruzaba toda la espalda.

—Este fue mi castigo.

No necesité escuchar más. Me puse en frente de él y, como había hecho aquel joven príncipe hace años conmigo, le besé, pillándole desprevenido.

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La cascada

La cascada no parecía estar tan alta cuando llegué a su cima. Miré hacia abajo y vi el agua cristalina que dejaba ver los peces de colores del lugar. Me senté en unas rocas mientras sentía como el agua corría por mis pies. Estaba totalmente sola. Miré hacia el bosque que tenía en frente y vi un pequeño cervatillo. Se me quedó mirando y se fue. Yo seguí mirando el agua, como si fuera eso lo único importante…

Cuando los rayos de Sol dieron de lleno en mi cara supe que tenía que volver. Me levanté y me intenté secar las piernas, sin éxito. Llevaba unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta verde de tirantes. Ahora me tocaría volver a bajar todo lo que había subido, eso, o tirarme por la cascada. Volví a mirar hacia abajo, y la verdad que no parecía muy alta, aunque si había una gran profundidad. Meneé la cabeza, pensando. ¿Cómo iba a saltar? No había rocas, eso se veía perfectamente, y los peces era inofensivos. Cuando ya me iba a girar para emprender mi camino de vuelta a casa, oí un ruido. A unos 10 metros de mí se encontraba un jabalí totalmente enfurecido. No sé como habría llegado hasta aquí arriba, pero no tenía mucho tiempo para pensar, porque empezó a correr hacía mí.

¡Dioses! ¿Qué hacía? La bajada era muy empinada y me podía dar contra las rocas, en cambio, abajo había una especie de lago, pero no sabía nadar…

Justo cuando ya podía contar sus dientes, salté.

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